Retrato de familia

Carroñeros cobardes
 
 
Somos cuatro hermanos; a efectos numéricos y de percepción parental, siempre fueron dos los hijos. Los dos mayores: el varón decapante y la hembra histriónica. Una tercera, invisible a ojos de todos -menos a los míos-  y la cuarta en discordia, yo; apartada de todos ellos en el tiempo y el espacio. Lo mío debió de ser un "ni está ni se la espera" y más que un error de cálculo, debí de ser un cálculo en el riñón, por ser correcta y no mencionar una patada en los bajos, del paterfamilias. Descubrir en la última intentona una niña, en vez de un macho al que llamar Antoñito, debió ser dolor mayúsculo.
 
Los méritos, privilegios, carrera universitaria y dádivas para los dos mayores. Los deméritos y desventajas; el resto, si es que había restos, para las dos pequeñas.
 
Tengo pocos recuerdos de ellos y los pocos que tengo podrían esfumarse, tampoco iba a echarlos en falta. Me recuerdo muy niña aún y el primogénito, ya casi adulto, gustaba de tratarme con una absoluta falta de respeto; siempre a sus órdenes, sometida a sus ultrajes en cuánto nadie podía verle y si le veían, tampoco pasaba nada. Era el hombrecito de la casa, y para él, todo estaba permitido. Si mi padre no me dejaba mirar a los ojos, aquel monstruo adolescente no me dejaba hablar, ni ver la tele, ni escuchar música. Entraba en el cuarto y sin mediar palabra, me apagaba el tocadiscos o desenchufaba la televisión, y volvía a irse con aquella expresión corporal tan altanera. Nadie podía entrar en su cuarto y menos aún tocar sus cosas. Aquel que osaba adentrarse, era descubierto al instante.
 
Mis aficiones, siendo niña, se limitaron en extremo. No podía salir a la calle a jugar con otros niños. Ni canciones, ni programas infantiles televisivos. Juguetes tampoco, mi madre tenía la fea costumbre de guardarlos bajo siete llaves con la excusa de que así, no se estropeaban.
 
Cuando él se ausentaba, yo me colaba en aquel cuarto repleto de libros. Elegía uno, siempre al azar, lo asía con fuerza y lo alzaba, nunca lo atraía  hacía mi, eso podía dejar marcas en el polvo de la estantería y  delataría mis incursiones. Me sentaba en el frio suelo, evitaba sentarme en su cama porque aquel Sherlok Holmes notaba cualquier pliegue de más o de menos. Allí pasé mis instantes, mis años, entre libros, historias y cuentos. Las horas más felices en aquella casa, sin duda, estuvieron allí. En las que yo vivía otras vidas, aventuras, viajes... En cuanto escuchaba el ruido del ascensor y su parada en el rellano, memorizaba la página en la que me había quedado y volvía a dejar aquel tesoro en su lugar. Salía con sigilo y disimulaba a la perfección. Jamás consiguió pillarme con las manos en la masa. Sospechar, sospechaba, eso era algo habitual en él.  
 
Mi felicidad se difuminó el día que encontró una novia y huyó, como las ratas, de aquel barco tocado y hundido. Y con él, se fueron sus más de 2.500 libros que ahora, por mucho que me empeñe, no consigo recordar ni los títulos, ni las historias, ni nada... No es de extrañar, si me preguntan que he comido hoy, tampoco sabría contestar. Hace tiempo que mi buena memoria se está atrofiando y a veces, sólo a veces, pierdo la esperanza de volver a recuperarla en todo su esplendor.
 
De la segunda en sucesión al trono, sólo recuerdo sus ataques histéricos cada vez que no se salía con la suya. Su tacañería extrema, su capacidad y entrega en cargar el ambiente y encender la mecha, su habilidad de sacar de quicio a todo aquel que se ponía a tiro, sus constantes neuras y manías. Engreída y vanidosa. Gozaba de cuarto propio para ejercer el estudio y frotarse a conciencia los juanetes con un cepillo, convencida de que aquellas fricciones conseguirían hacerle memorizar los temas.  Memorizar,  no memorizaba nada, pero sus juanetes deben ser los más lustrosos que haya visto podólogo experto.
 
Las cosas se torcieron o más bien se retorcieron, porque torcidas siempre estuvieron. El mundo de aquella miserable casa se volvió del revés. Paradójicamente, las dos pequeñas que jamás recibieron nada, tuvieron que hacerse cargo del ruinoso negocio familiar y de aquellos padres. Y a ellos me dediqué en cuerpo y alma, hasta que dejaron de existir. Renuncié a mi vida personal, sacrifiqué demasiadas cosas en el camino pero las responsabilidades mandan y en mí, son órdenes ineludibles.
 
Al olor de los cadáveres acuden, los carroñeros cobardes, a practicar el cleptoparasitismo. A pesar de que nunca hubo nada de valor en aquellas cuatro paredes, la contienda fue memorable, nada que envidiar a un buen documental del National Geographic. Las hienas tituladas arrasaron, devastaron y avasallaron. En eso se convirtieron aquellos fantásticos cachorros, ojitos de debilidad de mamá y papá. Cría hienas y te sacaran las vísceras.
 
Desperdiciar mi vida, mi salud, mis ganas de trabajar y de luchar por las personas equivocadas. Ese ha sido un error lamentable. La persona que más necesita de mi, es mi propia hija, y ahora mismo, me faltan todas esas cosas que regalé altruistamente, sin esperar nada a cambio.
 
Lo único que contemplo y escucho en estos momentos, en los que mi mente sólo piensa en cómo proteger a mis crías, es el vuelo en círculos de los buitres carroñeros y las risotadas macabras de las hienas esperando, pacientes, mi completa extenuación. 
 
 
 
 
 
 




Comentarios

  1. Formidable, Mabel, no puede ser más emotivo y sincero.
    Yo creo que con una mujer como tú, con esa capacidad para echar fuera lo que puede pudrirse, los carroñeros van a tener que esperar sentados.
    Así son las cosas en la vida, pero el sufrimiento sirve para que sepas apreciar la alegría cuando llega. Tú la tienes cerca.
    Comparto.
    Un abrazo.

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    1. Gracias Morgana. Ojalá tengas razón y tengan que esperar sentados... por mucho tiempo.
      Cómo tu bien dices, el que ha sufrido, aprecia la alegría cuando llega y añadiría que disfruta de las cosas más nimias con auténtica felicidad.
      Un abrazo.

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    1. Gracias María del Mar el gusto es mío de verte por aquí y leerme.
      Un abrazo y un beso.

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  3. Los que tuvimos infancias duras y dolorosas, sabemos de qué se trata y también las secuelas que deja.
    Por suerte el tiempo, la comprensión -y en algún momento el perdón-, contribuyen a sacarnos ese peso muerto. Aunque creo que lo que más nos ayuda es la construcción de una identidad propia, que sabe valorarse por lo que ha hecho y hace por si misma.
    Vos lo estás llevando a cabo con estos textos tan conmovedores y sin anestesia.
    Me alegro mucho, Mabelita, que saques afuera lo maloliente, además ya estás plantada desde otro lugar.
    También lo comparto, con mucho cariño.
    Abrazote.

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    1. Estoy contigo Mirella, lo que más nos ayuda es encontrar nuestra propia identidad. Valorarnos a nosotros mismos, realmente difícil pero no imposible, cuando lo único que ha hecho tu familia es infravalorar tus logros o apropiarse de ellos.
      Un abrazo.

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  4. Cuánta sinceridad Mabel. Te sigues desnudando sin pudor y es de aplaudirse. Como lo es tu estupenda escritura. No queda mas que luchar por tu hija, por tu cría. Qué placer leerte.
    Un abrazo fuerte.

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    1. Gracias Gildardo. Calla, calla...de estupenda escritura nada!!! Todavía me queda mucho camino por andar para escribir bien.
      Seguiré luchando por mi hija hasta mi último respiro, mal que le pese a los carroñeros.
      El placer es mío por verte por aquí y leerme.
      Un abrazo de los fuertes.

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  5. La primera parte del relato me ha parecido muy luminosa pese a los dos privilegiados que quisieron mantener sus privilegios quizás sin el derecho por su poca solidaridad y compromiso. Quizás mucho se deba a esos asaltos clandestinos, furtivos a la alejandría del mayor.

    Después el salto emocional a golpe de transparencia y sinceridad que son como un sello en tu prosa Mabel. Me gusto mucho tu relato pero por primera vez me has dejado con un sabor agridulce, más agrío que dulce, en los otros que te he leído.

    No sé, supongo por el dolor que todavía hay y desde luego duele.
    Tu nena es el gran aliciente, la bendición mayor y una razón para continuar depurando ese corazón con el desahogo y el perdón.

    Un abrazo Mabel.

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    1. Gonzalo, a pesar de lo que expongo, creo sinceramente que no hay ni buenos ni malos, al menos cuando ocurrieron esos hechos. Los cuatro, somos víctimas de unas circunstancias, las herencias legítimas que a cada uno nos tocó en el reparto.
      Distinto es ahora, con el paso del tiempo y siendo ya todos adultos. Ahora si, que nos definimos todos. Los que siguen sin querer ver la realidad, sin reflexionar, sin hacer examen de conciencia, ejerciendo roles ya caducos, fuera de lugar y de contexto. Eso desde mi punto de vista es un grave error, lo único que les genera es un estado de salud mental deficiente que afecta a los que les rodean.
      Yo seguiré depurando, no me queda otra. Mi hija no merece semejante herencia.
      Un fuerte abrazo, Gonzalo.

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  6. Me quito el sombrero Mabel. Excelente.
    Un fuerte abrazo

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    1. Vuelve a ponértelo... qué no es para tanto!! Todavía me queda mucho camino por andar para llegar al excelente.
      Gracias por pasarte, Marybel.
      Un abrazo.

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  7. Conmovedora crónica de la historia familiar, fantásticamente llevada adelante por vos como escritora.
    Te felicito, Mabel, por tu arte a la hora de escribir y por tu valentía a la hora de sacar tus fantasmas de adentro.
    Saludos.

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    1. Gracias Juan Esteban por tus palabras.
      Un saludo.

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